Legítima defensa: aplicación práctica

Legítima defensa: aplicación práctica

En la anterior entrada expliqué los requisitos de la legítima defensa y como, en virtud de esta figura, se podía cometer un delito sin sufrir las consecuencias penales del mismo. Y también anuncié que en mi próxima – ahora presente – entrada iba a relatar un caso real en el que pude hacer uso de este instrumento para conseguir la libre absolución de mi defendida.

El denunciante había sido condenado por un delito de violencia de género y se le había impuesto la prohibición de comunicarse y acercarse a la víctima o a su domicilio por cierto tiempo y en un determinado número de metros. Pues bien, este señor, con la orden de alejamiento vigente, abordó a mi defendida en plena calle e intentó agredirla. Ésta, no teniendo ninguna otra medida de defensa, mordió – y con bastante fuerza, por cierto – el brazo del agresor.

Pues bien, parecía bastante claro que se daban los supuestos de la legítima defensa y en la misma basé mis argumentaciones para solicitar la libre absolución con todos los pronunciamientos favorables de mi defendida a la que acusaban de autora de un delito lesiones. Y así lo estimó el juzgador.

Efectivamente, concurrían los tres requisitos que ya mencioné y sobre los que ahora no me voy a extender:

1) Agresión ilegítima.

2) Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla.

3) Falta de provocación suficiente por parte del defensor.

No obstante, si hubiese faltado alguno de los tres requisitos, habría solicitado la  aplicación de una atenuante que habría podido suponer hasta la reducción en dos grados de la  pena.

En consecuencia, y participando la totalidad de los requisitos relatados, logré la sentencia absolutoria con todos sus pronunciamientos favorables.

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